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OPINIÓN: UN OPERATIVO DE 800 MILITARES TAMBIÉN NECESITA RESULTADOS MEDIBLES

OPINIÓN | DÉCIMO DIEZ.— La operación bilateral antidrones desplegada en la franja fronteriza de Tijuana y San Diego puede responder a un riesgo real, pero su dimensión obliga a que los resultados sean explicados con datos verificables. La seguridad no se fortalece únicamente con presencia institucional: también necesita objetivos claros, indicadores y rendición de cuentas.

HECHOS VERIFICADOS

La Secretaría de la Defensa Nacional informó el 7 de septiembre que México y Estados Unidos iniciaron la segunda fase de una operación antidrones que se extenderá hasta el 21 de septiembre. Su objetivo declarado es detectar y neutralizar drones comerciales presuntamente utilizados por organizaciones delictivas para vigilar actividades de tráfico de drogas y personas.

El despliegue mexicano se concentra en un corredor de aproximadamente cinco kilómetros de longitud por 500 metros de profundidad en Mesa de Otay. De acuerdo con la información pública disponible, participan alrededor de 800 elementos y se emplean patrullajes y sistemas antidrones móviles o semifijos.

El 11 de septiembre, el secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla Trejo, señaló que hasta ese momento no se habían observado avances del lado mexicano y que habría una reunión bilateral la semana siguiente para revisar los resultados obtenidos por Estados Unidos. Esto no equivale, por sí solo, a declarar fracasada la operación: el ejercicio aún se encontraba en curso.

Las cifras difundidas sobre cientos de drones derribados por autoridades estadounidenses y decenas de miles de vuelos detectados cerca de la frontera proceden de periodos y fuentes distintos. Por tanto, no deben presentarse como resultados directos de este operativo específico.

ANÁLISIS Y VALORACIÓN

Un despliegue de esta magnitud no puede evaluarse únicamente por el número de militares movilizados o por la sofisticación del equipo. La pregunta central es qué amenaza concreta fue detectada, cómo se distinguieron vuelos ilícitos de operaciones legítimas y qué resultados produjo la intervención sin afectar actividades civiles.

La ausencia inicial de avances confirmados tampoco debería convertirse en una condena anticipada. Puede significar que no hubo incursiones, que los sistemas no detectaron objetivos o que la información continúa bajo análisis. Precisamente por esa ambigüedad se necesita un informe público que explique el método y el alcance de la evaluación.

También debe quedar claro qué significa “neutralizar” un dron en términos operativos, cuáles son los protocolos ante aeronaves civiles y qué autoridad conserva la evidencia cuando se detecta una posible conducta delictiva. Sin esas precisiones, el debate corre el riesgo de oscilar entre el alarmismo y una confianza ciega en la tecnología.

UNA EVALUACIÓN QUE DEBE SER PÚBLICA

Al concluir esta fase, las autoridades deberían informar cuántos vuelos fueron detectados, cuántos representaron una amenaza verificada, cuántas intervenciones se realizaron y qué incidentes fueron descartados. El reporte también tendría que diferenciar con rigor los datos mexicanos de los estadounidenses y explicar las limitaciones del operativo.

La cooperación fronteriza puede ser necesaria ante el uso criminal de nuevas tecnologías. Pero su legitimidad dependerá de algo más que un comunicado: resultados medibles, controles claros y una explicación pública que permita saber qué funcionó, qué no y qué debe corregirse.

FUENTES

DÉCIMO DIEZ

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